viernes, 2 de mayo de 2014

El retroceso que acaba de iniciar nuestra hasta ahora emblemática UNA, Universidad Nacional de Asunción (que ya había empezado a caminar hacia su actualización, con algunas facultades saliendo de terapia intensiva, y otras unidades académicas avanzando diferenciadamente hacia el conocimiento, la ciencia y la tecnología, y sin olvidar la rémora de las estancadas en sus vicios tradicionales), con la reptante votación patrimonialista que eligiera al nuevo rector fantoche, el doctor y casi eterno decano de la Facultad de Veterinaria, Froilán Paredes, es un salto al vacío hacia la universidad títere Gal-Avernista, preocupante anticipo de lo que podría ser un nuevo “Honorio Causa”, actual y local. Este proceso debe leerse como el retorno de los lobisones más reaccionarios (sin perjuicio de oportunistas alianzas castro-luguistas) de lo que resta del peor coloradismo depravado, el de la etapa del neocoloradismo carterista, otro desgobierno más de la Patria paraguaya Humanidad. Quienes hoy llegaron sin dignidad al rectorado, minusculizado por sometimiento a ese tigre de papel que es en realidad el senador Juan Carlos Galaverna, siempre hambriento de violar la Carta Magna porque así cree que oculta su politiquería en declinación irreversible, desde que antes de 2013 un Horacio Cartes, versión “mano de hierro”, gracias a sus faltriqueras bien provistas y mejor lavadas, y recién llegado al Partido Colorado, en su misma Junta de Gobierno, templo por antonomasia y de décadas de los adoradores del autoritarismo y la corrupción (con serios competidores entre “opositores y “revolucionarios” pos 1989), le propinara un sonoro “akápete” (golpe en la cabeza, en guaraní) al ronco vozarrón de Gal-Averno. Este, piltrafa de sí mismo tras tantos pactos diabólicos y ahora achacoso, envejecido en su ambición obsesiva del siempre –para él– esquivo poder, envuelto en su sempiterno denso humo nicotínico de una de tantas adicciones: un cigarrillo tras otro, cultivada con esmero a lo largo de décadas en el opio de los “retiros” semanales del póker de compinches, y quien con fachadas de alaridos y oratoria demagógica presume de ser el déspota pos-stroessnerista número uno, cuando en realidad es apenas un vacío, aparentando ocupar nada menos el que dejara el derrocamiento del “tiranosaurio”, todavía sin heredero en su rol de autori-totalitarismo. ¡Toda una metáfora deplorable, esta de la “una” galavernizada, en la Patria paraguaya Humanidad que clama redención sin ser escuchada por un pueblo aún mayoritariamente huérfano de valores cívicos y carente de líderes, quienes deben ser auténticos, honestos y competentes servidores públicos!

Escribe José Luis Simón G.
A la izquierda, el periódicamente atrabiliario y prepotente senador “neocolorado carterista”.
Juan Carlos Galaverna (o Gal-Averno como lo bautizamos, debido a su liderazgo
politiquero, caudillista-sultanista y autoritario), y a la derecha, el nuevo “rector” de la UNA,
doctor Froilán Peralta, muy controvertido ex decano-señor feudal de la Facultad de Veterinaria
por varias décadas, y aprovechado admirador-partícipe de la dictadura stroessnerista (1954-1989),
ungido por aquél para disputar exitosamente un cargo que administra por año U$S 270 millones
del Presupuesto de Gastos, sabroso asado de tierna tapa cuadril para los paladares
patrimonialistas y prebendarios gal-avernistas, entre los cuales hay de todas ideologías y colores.
Con esta exitosamente pírrica maniobra (y otras, como la defensa corporatista a ultranza 
de parlamentarios politiqueros que deberían haber sido desaforados, para que la “justicia”
los investigase por denuncias documentadas de nepotismo y demás irregularidades),
Gal-Averno vuelve a subir unos puntos desgastantes en la escala de la lucha criolla por la
apariencia  maloliente del poder (este se difuminó después de Stroessner), y cuando la administración “desgubernamental” del presidente Horacio Cartes se encuentra tan en baja, que
en los mentideros políticos asuncenos, desde hace un tiempo ha empezado a hablarse, de nuevo, de otro juicio político, ¡esta vez con complicidad castro-luguista!
(Foto, con ©
www.zanjapyta.com y bajada de Google).


La coyuntura actual es otro diagnóstico de la crisis de Estado en que se agota la apertura política de 1989, que tocó techo hace tiempo,  y entró en el “tirabuzón” de la triple debilidad histórica paraguaya (la fragilidad del ideal democrático en instituciones e inexistentes liderazgos servicio, y un pueblo que muy lentamente avanza hacia la ciudadanía), en momentos en que la región, el continente y el mundo están inmersos en tiempos muy nublados, con algunos tsunami en el horizonte, manifestaciones de la presente crisis de ya de por sí tan grave desorden internacional, que nos grita ¡La commedia (non) è finita!, lo que con mucha facilidad puede transformarse en otro cataclismo mundial, dado el incrementado poder de destrucción en manos de la inhumanidad, que avanza en todos los campos, oprimiendo a la condición humana que hoy carece de los estadistas mundiales capaces de detener el mal, primero, para de inmediato pasar a revertir tal situación movilizando a la Humanidad, jamás derrotada por completo.

Desde luego, lo que ahora ocurre en la “una” no es casualidad ni de exclusiva responsabilidad de Gal-Averno y de su momentáneo escudero Froilán (quien piensa que a partir de ahora podrá despegarse indemne de la “fraternidad” incinerante de su verdugo, quien lo “reptorizó” no en beneficio del novísimo catecúmeno-rector, sino en función de sus propios delirios de poder a cualquier precio), pues el proceso hunde sus raíces en tantas complicidades politiqueras, de variados orígenes partidocráticos y movimentistas pos 1989, con lo peor de nuestro pasado despótico-sultanístico, y que todavía carece tan siquiera de un liderazgo realmente alternativo, ni siquiera como proyecto en formación. Veamos.

EL DESPERDICIO POLITIQUERO DEL DERROCAMIENTO DE STROESSNER
El golpe militar del 2 y 3 de Febrero de 1989, que concluyera con el exitoso y cruento derrocamiento del autoritario general Alfredo Stroessner, puso fin a su muy prolongado régimen (1954-1989) de naturaleza unipersonal y de la época de la guerra fría. Desde sus mismos orígenes golpistas (ejecutados por otros) el dictador había pisoteado la condición humana, tan magistralmente evocada por la narrativa del auténticamente inmortal André Malraux.

Aquel acontecimiento histórico,  estuvo a la vez  “preñado de futuro”  y amenazado por el arraigo tan profundo entre nosotros de las subsistentes napas del siempre excluyente tradicionalismo patrimonialista paraguayo, desde 1954 con los rasgos propios de un régimen sultanístico y prebendario de larga duración. Ese desenlace se había estado gestando en la debilidad proverbial de nuestra sociedad e instituciones jurídicas y políticas, decapitadas como posibilidad histórica inmediatamente después del auspicioso Mayo del Paraguay de 1811, el del inicio del proceso independentista. Entonces el verdugo fue el inicial “despotismo republicano” que nos condujera, inexorablemente según Cecilio Báez, al Armagedón de 1864-1870, el del trágico aut vincere aut mori, la versión paraguaya del  Apocalipsis del evangelista San Juan. De los restos de la Patria todavía humeantes iría a nacer una muy peculiar “república liberal”, en la que constituyeron auténtica excepción las breves etapas de acercamiento sistemático del país real al legal. En el Paraguay, de aquella época, y desde el inicial constitucionalismo, apenas formal, lo que ya era un inmenso paso histórico, nunca pudo concretarse el avance decidido hacia un verdadero republicanismo democrático, entendiendo por tal a uno de los regímenes del Estado de derecho surgido de las ideas de la ilustración y plasmado inicialmente en las revoluciones Americana y Francesa y sus correspondientes procesos político-constitucionales.

El golpe militar del 2 y 3 de Febrero de 1989, sin ninguna duda fue un auténtico parteaguas histórico que instaló políticamente al Paraguay en el siglo XX, muy tardíamente y con no escasas limitaciones, por cierto. Fue todo el inevitable resultado derivado de los condicionantes históricos líneas arriba recordados, que ayudaron a configurar una sociedad que, en lo fundamental e incluso hasta el presente, y a pesar de las sacrificadas luchas libertarias de sucesivas generaciones de sus hombres y mujeres, mayoritariamente se mantiene reacia a proponerse en serio la edificación de un Estado de derecho democrático, el espacio jurídico y político de la sociedad abierta de Karl Popper, preanunciado como la forma legal de dominación desde la plasmación teórica y metodológica de la sociología, el monumental aporte de Max Weber para la constitución autónoma de un nuevo campo de conocimiento.

Sin ninguna duda, y más allá de las intenciones, en mucho hemos demostrado incapacidad quienes, desde la pluralidad de generaciones de compatriotas, que recorren toda la historia nacional, aún no hemos logrado convertir en auspiciosa realidad, y mejor futuro, la siempre postergada combinación de la utopía con la ética de la responsabilidad política. Es hora de repensarnos autocríticamente, desde nuestras individualidades y como integrantes de la sociedad paraguaya en su propia historia, para incorporarnos al bullente e inestable sistema mundial y sin ningún fatalismo interno o externo, para que nuestros intereses nacionales dejen de ser siempre la variable de ajuste de las ambiciones vecinas de aspirantes a imperialismos vecinos, últimamente ideologizados en el disfraz del totalitarismo comunista, supérstite solo en un par de países destrozados (Cuba y Corea del Norte), que se llamó “socialismo siglo XXI”, ahora incluso en proceso de crisis terminal. 

En fin: el 2 y 3 de Febrero concluyó la crisis terminal del autoritarismo stroessnerista, en su parte visible, al menos, con el obligado abandono del país al que inevitablemente se había hecho acreedor el general Stroessner, a lo largo de sus casi treinta y cinco años de reinado autocrático, cada uno de ellos annus horribilis y no mirabilis. Gracias al acontecimiento el Paraguay pudo incorporarse al proceso regional de transición a la democracia e integración, ambos hoy tan viciados, y el último desde su ostentoso bautismo como Mercado Común del Sur, y nacido Tratado de Asunción entre las partes contratantes, en 1991, en la ciudad epónima. Lo acabado de recordar y no pocas cosas más fueron hechas desde la futuridad del 1989 paraguayo, año que lo es también de las  crisis terminales del Chile del autoritarismo pinochetista y del sistema totalitario soviético que no pudo sobrevivir a la catastrófica ingeniería social (la del Gulag) que le diera origen en 1917. Muy lamentablemente, por cierto, aquella ventana paraguaya a la historia, tardíamente abierta, estuvo  comprometida en sus inicios por nuestros propios tiempo y actores, y por eso tampoco pudimos aprovechar de manera plena la oportunidad que abría el contexto internacional de la inmediata posguerra fría, que por entonces se estaba inaugurando en el mundo, entre muchas cosas más a objeto de prepararnos para la realidad de la globalización, ya de por sí arrolladora para las sociedades del Estado nacional westfaliano, mal que bien sometido este al ordenamiento del cada vez más debilitado y quebradizo Derecho internacional, mientras persiste la desregulación casi total del sector financiero mundial hoy con la ventaja de la sociedad en red. Esta profunda asimetría normativa y sociológica ya costó al mundo la crisis financiera de 2007, convertida después también en económica, y más recientemente en la crisis fiscal norteamericana que amenazara con derrapar en una cesación internacional de pagos y en la correspondiente guerra comercial de todos contra todos. Un fantasma recorre el planeta: el de la sensación, casi ya convertida en realidad, de la anomia mundial.

PROMESAS INCUMPLIDAS, Y LIDERAZGOS CLAUDICANTES Y OPORTUNISTAS
Aquél año de la esperanza, el de 1989, lo fue también el de tantas promesas incumplidas, por las deserciones. En grado de responsabilidad, primero la del liderazgo claudicante y sin contenido de pensamiento crítico y de actualidad, que corroía, como lo hace hoy, a la variedad de fuerzas políticas con representación parlamentaria, todas lógicamente autoproclamadas democráticas, sin serlo necesariamente ellas ni sus populistas y vocingleros líderes, los de los “partidos de patronazgo”. En segundo lugar, en modo alguno debe ser olvidada la responsabilidad de una sociedad anestesiada por el miedo y por el acostumbramiento impuesto al anti contrato social del “consenso pasivo”, el del miedo, último peldaño que puede conducir al totalitarismo de cualquier signo.

Para los protagonistas del golpe de 1989, se trató de una auténtica “revolución”. Para gran parte del liderazgo democrático del Paraguay el golpe fue el inicio local de la transición a la democracia. Coincidieron en esta interpretación la mayoría de los científicos sociales paraguayos. Casi uniformemente la tesis resultó aceptada urbi et orbi por actores políticos, académicos, empresariales, sindicales, religiosos, etc., y también por parte considerable de la gran prensa mundial, incluyendo a formadores de opinión e intelectuales, y a líderes de derechos humanos, así como por directivos de las más importantes organizaciones internacionales, gubernamentales y no gubernamentales. Muy pronto hubo consenso en la interpretación del golpe como uno de naturaleza aperturista en lo político, y gestado y ejecutado “desde arriba”, por el entonces más influyente sector militar desprendido de la dictadura stroessnerista, algo que en modo alguno puede ser considerado apenas como un dato más.

Ahora bien dejando de lado el problema de la caracterización del 2 y 3 de Febrero, y otras cuestiones a ello vinculadas, directa o indirectamente, lo cierto es que a partir de entonces y gracias al golpe, los paraguayos también empezamos a recoger algunos frutos de décadas de luchas democráticas infructuosas, que entre sus reivindicaciones centrales habían planteado el ejercicio de las libertades de pensamiento y de su expresión, de acuerdo con los valores e instituciones propios de las sociedades abiertas.

Pero más grave que el sacrificio de los principios y de la propia memoria histórica de luchas por la democracia en el Paraguay fue el resultado que la coyuntura tuvo hacia adelante. El régimen autoritario duraría hasta 1989, pero sus raíces todavía penetran nuestra tierra y horadan su futuro, más allá del devaneo ilusorio de muchísimos, y de la ambición sin límites de no pocos.

Así, de los polvos aportados por las inconsecuencias con el ideal democrático, y de las traiciones a él y en su nombre, en pleno 2014 todavía continuamos hundidos en el lodo totalitario del stroessnerismo, solo que con un modelo infinitamente más perverso, en materia de desgobiernos y de la corrupción sistémica acrecentada. Si todavía sobreviven las libertades, derechos y garantías fundamentales y no ingresamos a una fase de terrorismo de Estado, es porque todavía no hizo falta. Y como era de suponer, tenemos ya el desafío de la banda narcoterrorista del mal autodenominado Epp (Ejército del Pueblo Paraguayo), y las amenazas locales y regionales del castrochavismo, que si bien caminan hacia su crisis terminal, todavía pueden generar grandes daños a la Patria paraguaya Humanidad. Es que la apertura no dio paso a la verdadera transición, para que esta se convierta en la sólida base de implantación de las relaciones propias del Estado de derecho democrático, en beneficio de la nación toda. Sin esto resultará imposible llevar a cabo las transformaciones sociales y económicas que nos urge realizar desde mucho atrás, en pos de un crecimiento económico sin excluidos condenados a serlo por siempre jamás, y que respete los números macroeconómicos sin olvidar la economía de la vida cotidiana.

En sociedades sin memoria como la nuestra, y todavía con enormes incrustaciones autoritarias en su cultura, es mejor equivocarse por exceso de reiteraciones de nuestros males, que incurrir en inapropiados y malamente púdicos y cómplices silencios.

Es oportuno recordar aquí lo que escribiera Weber (en “La política como profesión” [Politik als Beruf ], en 1919), en un largo párrafo donde argumenta, el autor de “Economía y sociedad”, que “[…]la política es precisamente una dura y lenta penetración en un material resistente, y para esto necesita a la vez pasión y mesura. Es una verdad probada por la experiencia histórica que en este mundo sólo se consigue lo posible si una y otra vez se lucha por lo imposible. Pero para esto el hombre debe ser tanto, un dirigente como un héroe. E incluso los que no son ni dirigentes ni héroes deben armarse con esa fortaleza de corazón que capacita  para tolerar la destrucción de toda esperanza; en caso contrario, ni siquiera se logrará realizar lo que actualmente es posible. Sólo tiene vocación para la política  el que posee la seguridad de no quebrarse cuando, en su opinión, el mundo resulte demasiado estúpido o demasiado abyecto para lo que él le ofrece. Solo tiene vocación para la política (y la ciencia) el que frente a todo esto puede responder: ‘Sin embargo’ […]”.

SECCIÓN POSDATA
Posdata 1: Al inicio se habla de “Honorio Causa”, el nombre de una muy buena y durísima sátira, escrita y firmada por un dramaturgo y comediante popular compatriota, don Julio Caorrea, en contra del entonces dictador general Higinio Morínigo, quien abriera las puertas del regreso al poder de los colorados, como lo hicieran al alimón los errores e inconsecuencias de los sectores democráticos y antidictatoriales paraguayos. Invitado por la administración Roosevelt a visitarlo en Washington, D.C., en 1943, en el marco de la política bélica antinacionalsocialista del gobierno de ese gran estadista en la II Guerra Mundial, Morinigo viajó también para restablecer el relacionamiento bilateral entre ambos países, que había comenzado siendo ministro plenipotenciario del Paraguay ante la Casa Blanca, el general José Félix Estigarribia, quien en 1939 ya preparaba su equipaje para regresar al Paraguay en calidad de candidato presidencial de los liberales, impuesto a ese grupo partidario por un grupo de sus jóvenes colaboradores, todos intelectuales de nota y que lo conducirían a su Waterloo politiquero, el del autogolpe de febrero de 1940 que traía en su mochila la carta política antidemocrática de ese año. La estadía de Morínigo en Estados Unidos no se limitó a la capital norteamericana, pues también tuvo una agenda oficial en otras ciudades, que incluyó a Nueva York, en la cual (y, muy probablemente, a sugerencia del Departamento de Estado, para congraciarse servilmente con el dictador paraguayo), nada menos que la ¡Universidad jesuita de Fordham! le otorgó el Doctorado Honoris Causa, y por si fuese poco, en Derecho, que nos exige abrir un proceso en esa importante casa de estudios superiores, de la costa este norteamericana, para lograr que se le case tan inmerecida distinción al ya fallecido ex dictador paraguayo. 

Posdata 2:
Escribo este artículo en la primera de las manifestaciones de mi condición humana, que es la del ciudadano, es decir, en mi carácter de uno de los soberanos constitucionales de nuestro tan precario republicanismo. Y puesto que hasta hoy me desempeño como profesor-investigador del Rectorado en el ámbito de su muy competente y exitosa Dirección General de Posgrados y Relaciones Internacionales, soy consciente de que esta toma de posición me costará una inmisericorde persecución y expulsión de la una [en minúsculas], pues en la UNA desde hace algo más de dos décadas, dentro de los límites de mis modestas posibilidades, también creo haber estado haciendo mínimos aportes en materia de educación superior, a partir de que el histórico buque insignia de nuestro tan deplorable sistema universitario, y educativo en general, iniciara su apertura al debate pluralista y libre, como exige la labor docente, académico-investigativa y científica. Ese nuevo derrotero pos 1989 se inició con las administraciones de los dos últimos y sucesivos rectores, primero con los lentos pero aireadores pasos del Rector doctor Darío Zárate Arellano, que tuvo una continuación progresista y sostenida, en realidad un gran impulso, bajo el rectorado que ahora culmina, el del ingeniero Pedro González, quien entre varios logros más, se ocupó de reinsertar a la UNA en la red de las grandes universidades públicas de América Latina y relacionarla con importantes centros de estudios superiores de los países más avanzados del mundo. En materia de lucha por restituirnos la perdida condición humana, siempre hemos sostenido, y cumplido nuestra palabra, de que no hay precio que nos negaremos a pagar siguiendo aquél pensamiento, del intelectual y político británico, liberal tradicional, del siglo XVIII, Edmund Burke, según el cual: "Lo único que necesita el mal para triunfar es que los hombres buenos no hagan nada". Algo válido incluso para quien como el suscrito no se considera un hombre "bueno", pero que por lo menos no hace el mal deliberadamente, con la voluntad de hacer daño a un semejante, y que cuando perpetra un acto tal al menos se arrepiente de ello y busca reparar sus efectos perniciosos. apenas se haya dado cuenta de haberlo cometido, ya sea "motu propio" o advertido por la persona perjudicada u otra.


JLSG
Asunción, a viernes 2 de mayo de 2014



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